
Faltaban diez minutos para las 21 horas, y la figura larga y calva de Tony Levin se asoma en el escenario para afinar su Chapman Stick, instrumento de 12 cuerdas que funciona como bajo y guitarra a la vez. Con su clásico look a lo Ghandi, se arrodilla tranquilamente sobre su instrumento, mientras el público lo aplaude a rabiar. Poco después, desaparece, ante un Teatro Nescafé de las Artes repleto, cuyo calor humano compensaba el gélido ambiente santiaguino. Lo que pasa con Levin es curioso. No es un artista de mucha llegada en Chile, a pesar de ser uno de los músicos más respetados en la historia del rock. Su concierto prácticamente no fue promocionado, y aún así, logró llenar un teatro, que esperaba ansioso ver la segunda visita de su grupo Stick Men, en nuestro país.